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Católico sí, escrúpulos nunca

La obsesión del algunos grupos católicos con llevar una moral “impecable” aleja a muchas personas del amor predicado por Jesucristo en el Evangelio y generando escrúpulos innecesarios . En este artículo compartimos algunas reflexiones para poder vivir una fe católica plena en el mundo contemporáneo.

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Mujer, un accesorio para caballeros

La mujer es un accesorio para caballeros. Esto es lo que la sociedad actual nos ha enseñado acerca del rol de la mujer, desvirtuando con ello su dignidad, su rol y vocación a la plenitud.

Un accesorio, no una persona

Ciertamente hay una gran diferencia entre ser persona y ser accesorio. Un accesorio se usa para diferentes fines, para decorar algo, para presumir, para ensalzar la belleza de quien lo porta. Pero un accesorio, por muy hermoso que sea no deja de ser eso: un objeto.

La objetización de la mujer a la que la sociedad nos ha acostumbrado hace pensar al común de la población femenina que su misión en la vida es “soportar” humillaciones y maltratos que el pensamiento colectivo le pide aceptar como “muestras de amor incondicional”

Un accesorio no piensa, no tiene voz ni voto.

Lejos de este pensamiento, la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer ha enfrentado sectores misóginos dentro y fuera de la misma iglesia. No podemos olvidar textos como la carta Encíclica de Juan Pablo II, Mulieris  Dignitatem (La Dignidad de la mujer) donde se habla de la situación de desventaja en la que la mujer se ha encontrado a lo largo de la historia frente al hombre:

 «Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gén 3, 16)

Una de las primeras consecuencias del pecado original es que el hombre deja de ver a la mujer como a su igual y empieza a someterla. Estas consecuencias se ven con claridad en nuestra cultura contemporánea: hombres desentendidos de sus parejas (novias, esposas o hijas) a las que maltratan activamente o pasivamente al no darle mayor relevancia a sus emociones, sueños, intereses, etc. o padres de familia esperando tener hijos varones y despreciando sustancialmente a las hijas mujeres que reciben, viéndolas como una carga más que como una bendición.

Este maltrato generalizado contra la mujer produce en ellas inseguridad, indecisión y actitudes de poquedad en la mayoría de los casos. En otros tantos se ven mujeres que empiezan a maltratar a ls hombres que las rodean como una manera de autoprotección ante los abusos sufridos.

La necesidad de la igualdad .

En la misma carta Encíclica, Juan Pablo II comenta la necesidad de que el hombre pueda entregarse a la mujer en la misma forma en la que ella se entrega para restaurar, con la gracia de Dios, el estado original de igualdad (y no de posesión) que hay entre ambos.

Lejos de fomentar este modelo de equilibrio, las sociedades modernas han ensalzado a los hombres maltratados por las mujeres difíciles lo mismo que a las mujeres que destruyen su propia felicidad con el objetivo de “ayudar” a sus parejas.

Ninguno de los dos modelos funciona dentro del pensamiento cristiano. No puede ser el hombre como plastilina en manos de su mujer para que ella lo forme (Ésa, se supone fue una tarea de sus padres y de él mismo) ni tampoco puede ser la mujer un accesorio que el hombre presume. Cualquiera de estas situaciones lastima profundamente la vocación a la felicidad que hombres y  mujeres tienen.

La dignidad de la mujer

La mujer no sólo es corazón. Algunos sectores católicos han querido encerrar a la mujer en un papel de ser “la tierna de la casa” “la consoladora” “la sufridora del hogar en pro de esposo e hijos”.

Pero la mujer es y tiene la tarea de ser corazón y razón, lo mismo que su marido. Por eso durante el sacramento del matrimonio es ella quien recibe las “arras” como señal de que administrará el hogar con sabiduría.

“Anillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa pero poco inteligente” afirma el libro de los Proverbios en su capítulo 11 y versículo 22.

Es por esto que los medios de comunicación, la sociedad y tristemente, las mismas familias, suelen quitar mérito a los éxitos intelectuales de las mujeres… una mujer que no se valora a sí misma, cumplirá más fácilmente con el papel de “accesorio” que una que está consciente de su gran potencial y dignidad y terminará decorando (con el perdón de la dureza del ejemplo) el hocico de un cerdo, es decir, de un hombre que la maltrate o la aprecie poco.

María, la mujer más excelsa.

De aquí podemos ver con claridad cómo el papel de la Virgen María en el catolicismo es fundamental.

No por la virgnidad, que es un atributo propio de la madre de Dios, sino por la solidez, la sabiduría, la fortaleza y otras virtudes, la Virgen María ilumina el ideal de la mujer cristiana. María, Madre de Jesús tiene un papel mucho más importante que el de los apóstoles en la historia de la salvación y sólo ella es digna de la llamada “Hiper Dulía” una veneración superior a la de todos los santos.

Como hijas de Eva las mujeres quedaron sometidas a los hombres de todos los tiempos pero como hijas de María, las mujeres están llamadas a encontrar un compañero que las dignifique, las ensalce y las potencie tanto como José a la madre del creador.

El papel del hombre

Para terminar. Queda claro que los hombres tenemos una responsabilidad de un gran calibre frente a las mujeres: es la responsabilidad de buscar su felicidad con el mismo ahínco que implica el deseo natural nos conduce a ellas. Enamorarse de una mujer en el pensamiento cristiano es sinónimo de ofrecerle tantos y más beneficios como los que recibimos de su compañía, su belleza y su conversación. El hombre que no se esfuerza por la felicidad de su mujer demuestra no merecerla, rompiendo nuevamente el plan que Dios tiene para la felicidad de ambos:

“Hombres, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella” Ef 5,25

 

 

Te amo siempre y cuando no

Te amo siempre y cuando no hagas lo que me hace enojar, te amo siempre y cuando cumplas el compromiso que hiciste, te amo siempre y cuando no me seas infiel, te amo siempre y cuando sigas esforzándote por mejorar.

Son estos los condicionantes que destruyen toda relación de amigos, de padres e hijos, de noviazgos y de matrimonios.

Si condicionas el amor, mejor no ames

El día de ayer estaba escuchando la predicación del Padre Eugenio, párroco de la “Santa Cruz del Pedregal” y Misionero del Espíritu Santo, congregación fundada por el sacerdote francés Félix de Jesús Rougier. Comentaba: Dan risa esos novios que se dicen mutuamente: “ya sabes que no me gusta que hagas esto pequeño, no lo vuelvas a hacer”, “Ya sabes que esta forma de ser tuya me hace enojar, evítala bebé”… Y reflexionaba en voz alta: Si ya desde novios saben que el tema es una obra de teatro, ¿para qué están juntos?

Ciertamente una obra de teatro puede mantener entretenido a cualquiera durante 40 minutos, hora y media tal vez. Cuando una mala obra de teatro dura ya dos horas o más la gente sale hastiada. Pero ¿qué pasa cuando las relaciones interpersonales se vuelven una obra de teatro? Las partes asumen un rol determinado que ellos mismos eligen pero ciertamente no es natural y la psicología pasa factura inmediatamente.

Amar lo que ES es amar en realidad

Cuando se habla de relaciones Padre-Hijo se cuestiona mucho el hecho de si los padres aman incondicionalmente a todos su hijos y de la misma manera. Ciertamente esto no es así en la humanidad. Los padres suelen tener altas expectativas sobre sus hijos en diversas materias y si sus hijos no las cumplen, los maltratan.

Los hijos que a su vez han recibido lo que en psicología se llama “Condicionamiento Clásico” suelen condicionar el resto de sus relaciones: ya no aman a sus amigos o a sus parejas por lo que son sino por las expectativas que tienen sobre ellas. Vemos entonces jovencitas engatuzadas con novios tóxicos a los que no pueden soltar porque “le están haciendo el bien, lo van a cambiar” Son en realidad intentos por llenar un gran vacío interior. De igual manera se ven por allí jóvenes intentando cambiar a los demás, convertirlos al Evangelio, incorporarlos al movimiento X, Z o Y… nuevamente un amor y amistad condicionados a “transformar al otro”.

Si un ser humano se decide a amar, debe amar a la persona entera con todos sus defectos y virtudes, al tiempo que asume las consecuencias que derivarán de las mismas. Ejercer coerción sobre hij@s, novi@s, amigos o herman@s en nombre de “hacerles el bien” no deja de ser una forma de decirle a la persona que en realidad sólo se le ama en virtud de una expectativa futura y no por sí misma.

El amor de Dios no pone condiciones

Lejos de asemejarse esto a un acto de caridad, desvirtúa el verdadero amor humano que tendría que ser, para el cristiano, reflejo del Divino. El amor de Dios es un amor muy “ontológico” Dios ama por que ES amor.

De esta manera, el cristiano sabe que Dios no tiene expectativas sobre él. La santidad inicia con el saberse amado por Dios en la condición humana, frágil, pecadora y a sabiendas de que la vida será un camino de autoconocimiento donde gracia y libertad forjarán a un ser humano maduro, pleno y capaz de amar.

Pero cuando Dios nos ama, no nos quiere cambiar. Nos ama como somos y hasta podríamos decir que “se aguanta” nuestras ingratitudes e imperfecciones. Ama sin límites porque él no necesita nada de nosotros. Sabe que es su amor el que nos lleva a la transformación cuando libremente y sin condicionamientos lo aceptamos.

El amor humano tiene límites

Sin embargo los hombres somos limitados y no podemos amar en la misma medida que Dios. Es importante conocer nuestras limitaciones para poder amar con constancia.

Si una jovencita se enamora de un drogadicto y pretende cambiarlo, deberá asumir que el cambio puede durar años, que puede engendrar hijos y su marido no cambiará. Que los hijos pueden ser maltratados por el padre en drogas y quizás eso no cambie durante años y que después de riñas y luchas los hijos podrán enfrentar al padre que los maltrató y hacerlo entrar en razón junto con la perseverante madre… pero tal vez ni eso lo haga cambiar. El cambio es siempre un acto libre, personal y de cara a Dios. Un cambio exterior hecho “por agradar a alguien” es siempre temporal y ficticio.

Lo necesario entonces es medir las propias fuerzas dependiendo del tipo de relación que guardamos con los demás. Los compromisos reales, los obligados por la sangre, los necesarios por la convivencia diaria y los autoasumidos.

En los compromisos autoasumidos (amigos, novios, relaciones laborales no obligadas etc.) La libertad es un factor determinante sin el cual no se pueden construir cosas estables. En el momento en que en este tipo de relaciones existe un condicionamiento se entra de inmediato en una ficción o simulacro.

Te amo siempre

Para finalizar, debemos recordar que nadie da lo que no tiene. Cuando no nos apreciamos a nosotros con realismo según nuestra edad, estado de vida,, vocación personal y condición, no somos capaces de amar correctamente a los demás. Debemos amarnos a nosotros mismos SIEMPRE, no siempre y cuando no…. de lo contrario  crearemos relaciones de poder y dominio donde lo importante es lo que obtengo del otro, lo que hago cambiar al otro, lo que espero del otro y las posibilidades que tengo de obtenerlo.

Cónocete a ti mismo, rezaba el Oráculo de Delfos. Y como nadie ama lo que no conoce, como dice San Agustín, debemos por ende, conocernos profundamente antes de pretender conocer a alguien más y, evidentemente antes de darle nuestro amor, deberemos amarnos a nosotros mismos como el Padre nos ha amado: Sin condiciones. Omitir nuestro sano amor propio al construir relaciones redundaría en heridas muy graves y difíciles de sanar a lo largo del tiempo, ya sea entre amigos o novios.

¿Y tú amas siempre y cuándo o siempre y cuándo no… ?

Lo elegí antes de nacer

Elegir la propia vida antes de nacer… Pensamientos propios de las corrientes de la Nueva Era han llegado a mezclarse con el cristianismo, haciendo que los creyentes piensen que la predestinación a ciertas circunstancias de la vida son parte determinante de sus bendiciones y sufrimientos de cada día hasta llegar a afirmar “Así lo elegí yo antes de nacer” Seguir leyendo Lo elegí antes de nacer