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¿Qué Iglesia queremos?

En el torbellino y confusión de valores de nuestro tiempo y de nuestra sociedad, las instituciones, tanto civiles como religiosas, están experimentando circunstancias serias, que cuestionan e incluso condicionan su existencia.

 

De ahí que la Iglesia, vista como la institución que reúne a los creyentes en Jesús de Nazareth y, más concretamente para nosotros, la Iglesia católica romana, está pasando por una crisis de credibilidad, no solamente en referencia a su doctrina sino incluso a su modo de existencia.

La Iglesia en crisis

Ante esta crisis, que la podemos mirar y enfocar desde distintos puntos de vista y con actitudes diferentes, vamos a presentar en este espacio reflexiones que nos ayuden a ser críticos de nosotros mismos y responsables ante nuestro mundo de la presencia de la Iglesia y de nuestra adhesión a ella.

 

Porque, ante todo, hemos de recordar que la Iglesia no es propiedad exclusiva de los cristianos sino que pertenece a todos los seres humanos, a quienes Dios quiere anunciar, por medio de ella, la buena nueva del Reino de los cielos.

 

¿Qué ha sucedido desde que el libro de los Hechos de los Apóstoles comentaba que los que formaban la primera comunidad cristiana de Jerusalén “gozaban  de la admiración del pueblo”, hasta que la Iglesia ha sido rechazada e insultada como traidora a la causa de Jesús, de manera que sea común el dicho en la actualidad: “creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia” o “creo en Jesucristo pero no creo en los cristianos”, frase esta última atribuida a M. Gandhi?

 

¿A qué Iglesia se refirió Jesucristo cuando le dijo a Pedro: “sobre ti edificaré mi Iglesia y los poderes del abismo no prevalecerán contra ella”? ¿Qué imagen de Iglesia es creíble hoy?  ¿la de “la barca fuera de la cual no hay salvación eterna” o la que nos la describe como “sacramento –signo- universal de salvación”? La primera imagen es un grito de alerta y de amenaza, la segunda lo es de invitación y esperanza. En este espacio presentaremos imágenes y experiencias de la Iglesia, que hoy día se cuestionan, y otras, que se proponen desde una concepción ecuménica y una actitud de servidora de los valores del Reino en favor de la humanidad.

“Creo en el Cristo pero no creo en los cristianos”. Mahatma Gandhi

Y así nos la presenta el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica El gozo del Evangelio. Ya desde antes de publicar este documento, fruto del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización, el Papa ha hablado repetidas veces sobre la Iglesia como servidora, la Iglesia como está más para preocuparse de las necesidades ajenas que de las propias.

 

Les voy a transcribir algunas expresiones de la Exhortación, que son suficientemente comprensibles para todos.

 

La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre”. “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (n. 47).

 

Repito aquí lo que he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer” (n. 49).

 

Resumiendo, nos dice el Papa que, ante todo, tengamos presente que somos Iglesia para ser comunidad servidora del mundo y, por ello, las estructuras deben existir en función de la misión de la Iglesia, más aún, si no sirven para ello, deberán ser cambiadas o desaparecer.

Mujer, un accesorio para caballeros

La mujer es un accesorio para caballeros. Esto es lo que la sociedad actual nos ha enseñado acerca del rol de la mujer, desvirtuando con ello su dignidad, su rol y vocación a la plenitud.

Un accesorio, no una persona

Ciertamente hay una gran diferencia entre ser persona y ser accesorio. Un accesorio se usa para diferentes fines, para decorar algo, para presumir, para ensalzar la belleza de quien lo porta. Pero un accesorio, por muy hermoso que sea no deja de ser eso: un objeto.

La objetización de la mujer a la que la sociedad nos ha acostumbrado hace pensar al común de la población femenina que su misión en la vida es “soportar” humillaciones y maltratos que el pensamiento colectivo le pide aceptar como “muestras de amor incondicional”

Un accesorio no piensa, no tiene voz ni voto.

Lejos de este pensamiento, la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer ha enfrentado sectores misóginos dentro y fuera de la misma iglesia. No podemos olvidar textos como la carta Encíclica de Juan Pablo II, Mulieris  Dignitatem (La Dignidad de la mujer) donde se habla de la situación de desventaja en la que la mujer se ha encontrado a lo largo de la historia frente al hombre:

 «Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gén 3, 16)

Una de las primeras consecuencias del pecado original es que el hombre deja de ver a la mujer como a su igual y empieza a someterla. Estas consecuencias se ven con claridad en nuestra cultura contemporánea: hombres desentendidos de sus parejas (novias, esposas o hijas) a las que maltratan activamente o pasivamente al no darle mayor relevancia a sus emociones, sueños, intereses, etc. o padres de familia esperando tener hijos varones y despreciando sustancialmente a las hijas mujeres que reciben, viéndolas como una carga más que como una bendición.

Este maltrato generalizado contra la mujer produce en ellas inseguridad, indecisión y actitudes de poquedad en la mayoría de los casos. En otros tantos se ven mujeres que empiezan a maltratar a ls hombres que las rodean como una manera de autoprotección ante los abusos sufridos.

La necesidad de la igualdad .

En la misma carta Encíclica, Juan Pablo II comenta la necesidad de que el hombre pueda entregarse a la mujer en la misma forma en la que ella se entrega para restaurar, con la gracia de Dios, el estado original de igualdad (y no de posesión) que hay entre ambos.

Lejos de fomentar este modelo de equilibrio, las sociedades modernas han ensalzado a los hombres maltratados por las mujeres difíciles lo mismo que a las mujeres que destruyen su propia felicidad con el objetivo de “ayudar” a sus parejas.

Ninguno de los dos modelos funciona dentro del pensamiento cristiano. No puede ser el hombre como plastilina en manos de su mujer para que ella lo forme (Ésa, se supone fue una tarea de sus padres y de él mismo) ni tampoco puede ser la mujer un accesorio que el hombre presume. Cualquiera de estas situaciones lastima profundamente la vocación a la felicidad que hombres y  mujeres tienen.

La dignidad de la mujer

La mujer no sólo es corazón. Algunos sectores católicos han querido encerrar a la mujer en un papel de ser “la tierna de la casa” “la consoladora” “la sufridora del hogar en pro de esposo e hijos”.

Pero la mujer es y tiene la tarea de ser corazón y razón, lo mismo que su marido. Por eso durante el sacramento del matrimonio es ella quien recibe las “arras” como señal de que administrará el hogar con sabiduría.

“Anillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa pero poco inteligente” afirma el libro de los Proverbios en su capítulo 11 y versículo 22.

Es por esto que los medios de comunicación, la sociedad y tristemente, las mismas familias, suelen quitar mérito a los éxitos intelectuales de las mujeres… una mujer que no se valora a sí misma, cumplirá más fácilmente con el papel de “accesorio” que una que está consciente de su gran potencial y dignidad y terminará decorando (con el perdón de la dureza del ejemplo) el hocico de un cerdo, es decir, de un hombre que la maltrate o la aprecie poco.

María, la mujer más excelsa.

De aquí podemos ver con claridad cómo el papel de la Virgen María en el catolicismo es fundamental.

No por la virgnidad, que es un atributo propio de la madre de Dios, sino por la solidez, la sabiduría, la fortaleza y otras virtudes, la Virgen María ilumina el ideal de la mujer cristiana. María, Madre de Jesús tiene un papel mucho más importante que el de los apóstoles en la historia de la salvación y sólo ella es digna de la llamada “Hiper Dulía” una veneración superior a la de todos los santos.

Como hijas de Eva las mujeres quedaron sometidas a los hombres de todos los tiempos pero como hijas de María, las mujeres están llamadas a encontrar un compañero que las dignifique, las ensalce y las potencie tanto como José a la madre del creador.

El papel del hombre

Para terminar. Queda claro que los hombres tenemos una responsabilidad de un gran calibre frente a las mujeres: es la responsabilidad de buscar su felicidad con el mismo ahínco que implica el deseo natural nos conduce a ellas. Enamorarse de una mujer en el pensamiento cristiano es sinónimo de ofrecerle tantos y más beneficios como los que recibimos de su compañía, su belleza y su conversación. El hombre que no se esfuerza por la felicidad de su mujer demuestra no merecerla, rompiendo nuevamente el plan que Dios tiene para la felicidad de ambos:

“Hombres, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella” Ef 5,25

 

 

Superstición en el catolicismo, una realidad

Superstición, pensamientos mágico-religiosos y aseveraciones irracionales en nombre de la fe son algunas de las cosas que los católicos debemos evitar a toda costa. En este artículo de mistagogía analizamos algunos enunciado que debemos desterrar de nuestra vida espiritual.
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Cristianismo y medio ambiente

La reciente encíclica de su Santidad, el Papa Francisco “Laudato Si'” nos habla de la responsabilidad que el católico tiene ante la tierra que habita y el cuidado del medio ambiente. Lejos de ser un tema de activismo ecológico, el cuidado del planeta debe formar parte de los criterios de evaluación de conciencia de los bautizados.

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