CRISTIANISMO: ¿RELIGIÓN, DOCTRINA O VIDA?

Creo que no me equivoco al decir que nuestros jóvenes católicos, de hoy son alérgicos al tema de la religión o del cristianismo: no simpatizan mucho con las doctrinas religiosas y tienen una inclinación a centrarlo todo en la vida, en otras palabras, en lo que tú haces más que en lo que crees. Claro, lo que ilusiona a un joven es vivir, gozar de la vida, sacarle todo el jugo a la vida, en otras palabras, vivir a tope. Sienten no necesitar de nadie y quieren que los dejen libres y hacer las cosas a su manera. “Yo no sé a qué va la gente tanto a la iglesia”, acerté a escuchar a un joven, que platicaba animadamente con sus amigos en la calle de una ciudad.

A partir de este punto de vista, nos debemos preguntar si todo el celo de los clérigos y religiosos en la Iglesia, incluyendo a los católicos comprometidos, por convertir y evangelizar lo enfocamos en la dirección correcta o todavía vivimos con la preocupación de predicar y administrar los sacramentos para que la gente se salve.

nuestros jóvenes católicos de hoy son alérgicos al tema de la religión, no simpatizan mucho con las doctrinas religiosas y tienen una inclinación a centrarlo todo en la vida, en otras palabras, en lo que tú haces más que en lo que crees.

Pero ¿cuál será la dirección o enfoque correctos? ¿Cuál será la forma de presentar nuestro cristianismo a un mundo saturado de religiones, sectas, iglesias, confesiones y denominaciones? ¿Cuál será el modo de ofrecer a nuestra generación el mensaje de Jesucristo de una forma convincente? ¿Cuál el enfoque de la religión en una sociedad que en muchos ambientes la religión se ve como odiosa y contraria a muchos valores humanos o sociales?

El cristianismo desde el ministerio sacerdotal

En mi experiencia de ministerio me ha tocado conocer, hablar, predicar y convivir con grupos y personas de variadas ideologías. Desde gente piadosa y muy religiosa hasta gente descreída y atea; desde gente con actitudes hostiles hacia las religiones, en concreto el cristianismo, hasta gente consagrada de por vida a esta causa; desde prostitutas que buscan a Dios y cultivan su propia religiosidad hasta católicos supersticiosos, que se tienen que confesar semanal o casi diariamente; desde jóvenes que simpatizan con personas religiosas, sea el Papa o algún sacerdote “buena onda”, hasta quienes se declaran cerrados a todo signo religioso.

Pero, más allá de todos estos modos de mirar y relacionarse con el fenómeno religioso, está la necesidad del ser humano de tener valores espirituales, que es una constante o común denominador en la mayoría de la gente, que ha crecido en un ambiente o país con mayoría cristiana o de otra religión.

Poner el cristianismo ante esta triple forma de verlo, valorarlo o vivirlo, está motivado por el modo como tantos, antes católicos “practicantes”, han reaccionado en las últimas décadas. Algunos de ellos han tenido la oportunidad de descubrir el sentido de su vida de creyentes a través de algún grupo eclesial mientras otros han descargado su conciencia de las obligaciones religiosas con que había crecido y para ello se han alejado. Algunos han seguido fieles a las prácticas religiosas tradicionales y no han dado un paso más, otros han tratado de renovarse en su mentalidad mediante la lectura de la Biblia o cursos sobre la misma o de Teología para seglares. Para unos y otros su cristianismo lo han visto como una religión, quizá la mejor o la única verdadera, para otros como una forma de metafísica o de ideología religiosa. Para unos y otros queda el reto de pasar a la vida, de encarnar la fe en que creen o que celebran en la experiencia de su vida.

El Papa Francisco nos ha expuesto detalladamente muchos de estos puntos en su Exhortación El Gozo del Evangelio. Pero, para no extendernos en explicar su mensaje, podemos resumir sus directrices evangelizadoras en una sola cosa o experiencia: el encuentro personal con Jesús. Y este encuentro, del que tenemos experiencias diversas en los evangelios y en la historia de la Iglesia, ha desembocado en una experiencia de vida.

El cristianismo exige coherencia

Porque a la persona no se la admira –especialmente hoy- principalmente por sus palabras, por su fervor religioso, por sus promesas, sino por su coherencia de vida, una coherencia que se traduce en las cosas más sencillas de la vida: en el modo de hablar, de trabajar, de sonreír, de tratar a la gente, de relacionarse con los fenómenos de la vida. Por ejemplo, lo que caracteriza la vida de Jesús es “hacer el bien” (He 10, 38); lo que caracteriza la vida de Gandhi es su respeto a las personas y su trabajo por la libertad; lo que caracteriza a la Madre Teresa es su amor a los más pobres y despreciados; lo que caracteriza al Padre Damián de Molokay es su convivencia entre los leprosos; lo que caracteriza a San Maximiliano Kolbe es dar su vida por un desconocido; lo que caracteriza a san Francisco de Asís es su sentido y vivencia de la fraternidad con todos los seres. Y si alguien se atrevió a decir que con cinco hombres como Francisco de Asís transformaría el mundo, ello nos prueba que lo que conmueve y mueve a las personas son las experiencias de vida.

Porque a la persona no se la admira –especialmente hoy- principalmente por sus palabras, por su fervor religioso, por sus promesas, sino por su coherencia de vida,

“El mundo necesita más de testigos que de maestros”, escribió Pablo VI en los años 70 y “el cristiano del siglo XXI debe ser místico o no será nada”, escribió el teólogo K. Rahner hace pocas décadas. Las dos afirmaciones nos hablan de una experiencia de vida, una experiencia de vida divina que nos llevará a encarnarla en la vida humana de cada día. Ni el testigo ni el místico son personas de muchas palabras; y las dos experiencias deben hacerse presentes en la misma persona, que después de contemplar y asumir la vida divina se inserta en la vida y en las luchas de las personas en medio de las cuales vive.

En conclusión, puesto que Jesús nos dijo que “en amarnos unos a otros como él lo había hecho nos reconocerían como sus discípulos”, el cristiano puede y debe ser relevante a la humanidad de hoy por una vida semejante a la de su Maestro, que “pasó por el mundo haciendo el bien”. Desde esta experiencia de vida, bien asentada y comprometida, podrá surgir la oportunidad de explicar la doctrina de Jesús o de invitar a participar en algún acto religioso.

Recordemos dos relatos evangélicos que iluminan el triple cuestionamiento que presentamos como tema de estas líneas. El primero es el del diálogo de Jesús con la mujer samaritana, el segundo lo que se llama alegoría del juicio final.

El cristianismo vive en el corazón, no en el exterior

En el primer episodio, que examinaremos en otro tema más detenidamente, la mujer le dice que “cuando venga el Mesías se lo aclarará todo”. Y cuando en su conversación entra el tema del lugar del culto de judíos y samaritanos, Jesús le da una clave fundamental para entender el lado religioso del cristianismo: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. La religión típica que conocemos, hecha de templos, altares, montes sagrados, ritos, objetos sagrados, días y tiempos especiales, no entra en el concepto religioso de Jesús. El culto y la adoración que Jesús nos enseña están centrados en el corazón, tienen su lugar de realización en el alma. ¿Dónde encontrar a Dios? En el Sinaí, en Sión, en Garizim o en Bethel, en el Cubilete o en el Tepeyac? ¿En qué basílica encontraremos mejor a Dios? ¿En la basílica de San Pedro, o en la basílica de Guadalupe, en la basílica del Pilar o en la de Zapopan? El puro de corazón, el verdadero adorador, “el adorador que el Padre quiere”, lo adorará en su corazón puro, que sólo busca la gloria de Dios, esa es su verdadera morada.

¿Dónde encontrar a Dios? En el Sinaí, en Sión, en Garizim o en Bethel, en el Cubilete o en el Tepeyac?

El segundo relato es la alegoría del juicio final. El examen o juicio al que se convocará a todas las naciones estará centrado en la vida; no en prácticas religiosas o credos. Por si quedaran dudas, se enuncian además las obras sobre las que versará el examen: son las obras de misericordia. Eso mismo explica el diálogo dramático con que casi se concluye el sermón de la montaña: “No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo (Mt 7, 21-23).

¿Dónde quedan las prácticas religiosas? Nada de eso se pregunta. Es la vida en la relación al prójimo, al más necesitado, al menos tomado en cuenta, en quien se encarna quien nos dijo: ”Lo que hicieron a uno de estos mis pequeños a mí me lo hicieron” (Mt 25, 31-40).

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