Foto: Erick Emmanuel Escobar Hernández

La aventura de Jesús

En mi entrada anterior he hecho referencia a las bienaventuranzas, una especie de código de felicidad según algunos, con el que Jesús inicia su primer discurso evangélico, el discurso del monte. En la actualidad ese cerrito donde Jesús las habría proclamado se llama el Monte de las Bienaventuranzas, el monte de la Aventura a la que nos llama Jesús.

Yo diría que más que un código de felicidad es un código de vida; siendo coherentes así con el principio que he establecido en el primer tema de que el cristianismo es una forma de vida. Un código de vida en el que nos propone ocho experiencias en las que el discípulo de Jesús puede experimentar que la vida merece la pena tal como él nos la propone, tal como él la vive. Y creo que es importante ver este código bajo el punto de vista de experiencias de vida; de una vida que se da normalmente, que no es necesario buscarla, que no es necesario programarla. Y, además, una serie de experiencias que no agotan todas las de nuestra vida humana ni de creyentes.

 

Para entender lo normal y lo excelente de lo que Jesús nos enseña quiero recordar que Jesús vino a nuestro mundo encarnándose en una realidad histórica, cultural y humana como la de cada uno de nosotros. Pero lo que hace que una experiencia normal sea una experiencia excelente es que la vive en comunión con el plan de Dios, que todo lo hizo bueno y lo puso a nuestro alcance para el bien de todos, de forma que no haya experiencias en nuestra vida privadas de esa bondad o que impidan que todo el bien que sembró a manos llenas en nuestro mundo y en nuestra historia sea una realidad.

 

Para poner de relieve que se trata de experiencias de vida en las que nos podemos sentir realizados según el plan admirable de Dios, nos referimos a ellas como aventuras, que nos retan a vivir con valentía y con fe, porque Dios todo lo hizo bueno. Por ello la aventura de Jesús es vivir toda experiencia de vida humana gozando de la bondad que Dios ha puesto en cada cosa, en cada creatura, en cada circunstancia.

 

Por ejemplo, si Jesús dice que son “bienaventurados los pobres de espíritu”, es porque, al no estar apegados a ninguna cosa, persona o circunstancia de esta vida humana, ellos pueden recibir en su vida la riqueza del Reino de los cielos: “Porque el reino de los cielos es justicia, paz y gozo en el Señor” (Rm 14, 17). Al no estar apegados están dispuestos a compartir, a ser solidarios con los vecinos, con los amigos, con quien ven en necesidad. Y precisamente esa expresión, misteriosa y contradictoria para muchos, significa, estar desapegados de todo, desprendidos, libres, con el simple uso y usufructo de las cosas y de la vida, porque el dueño y señor de todo es Dios. Cuando el ser humano no entiende esta aventura, trata de apropiarse, de acaparar, de tener más y más, y, al mismo tiempo que priva a otros de esos bienes, él tiene que preocuparse por que nadie se los quite y mira a los demás como enemigos, como ajenos, de quienes se tiene que defender. ¿Te has fijado que las casas de los pobres no tienen timbre ni campana, están abiertas, no tienen bardas o si las tienen no estás electrificadas? No tienen guardias de seguridad, ni perros peligrosos, ni alarmas.

 

La aventura de los pobres de espíritu, como Jesús de Nazareth, no es una aventura de miserables, que no tienen que comer. No sabemos que Jesús pasara hambre. Incluso uno de los doce tenía la bolsa para los gastos de cada día, y había algunas mujeres bienhechoras que les atendían en sus necesidades materiales (Lc 8, 1-3).

 

Él nos explicó todo esto en este mismo discurso al decir: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.  Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿Y por qué se inquietan por el vestido? No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.” (Mt 6, 19-34).

 

La pobreza de espíritu no está en la carencia de bienes o de dinero; tampoco significa carencia de capacidades y cualidades para la vida y para el éxito,  sino en el desapego de lo mucho o poco que se posee en cualquier orden de la vida.  La aventura de Jesús es vivir como peregrinos en este mundo, que van por la vida ligeros de equipaje. Por ello, la invitación que hace a quienes van a ser sus discípulos la expresa frecuentemente con las palabras: “Ven y sígueme”. Y en el evangelio de Lucas le dice a uno que quiere seguirle: “El hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, es decir, no tiene seguridad humana, su seguridad, su corazón está en Dios, porque “donde está tu tesoro allí está tu corazón” (Lc 9,58).

El apóstol Pablo expresará este pensamiento de forma también radical al escribir a los Corintios: “Lo que quiero decir, hermanos, es esto: queda poco tiempo. Mientras tanto, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran nada; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo es pasajera. Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes” (I Cor 7, 29-32).

El dicho que se atribuye a Picasso: “Tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres”, no carece de sabiduría evangélica. Los pobres ponen su seguridad en la providencia de Dios, que nos lo da todo para que tengamos lo que necesitamos para nuestras necesidades y, puesto que su providencia amanece sobre nosotros con el sol de cada mañana, no necesitamos acaparar ni preocuparnos por el día siguiente. De nuevo acudimos a la sabiduría paulina en su carta a los corintios: “En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (I Cor 3, 21-23).

Pero Jesús nos da un punto de referencia o una forma de mirar para que ni las cosas ni nada que es parte de nuestra vida, ni por su ausencia ni por su abundancia, puedan quitarnos la paz o amenazar nuestra seguridad. Es la bienaventuranza de la pureza de corazón: “los puros de corazón verán a Dios”. Salomón presintió esta bienaventuranza cuando le pidió a Dios sabiduría para gobernar a su pueblo y no riquezas, pues podían llevarle a olvidarse de Dios, ni pobreza, pues podía motivarle a maldecirlo.

Claro que la aventura de Jesús no se agota en la pobreza de espíritu, pues son ocho las aventuras que Jesús menciona y nos invita a vivir. Y aunque la primera sea fundamental para entrar en las otras, aquella no excluye ni asume las demás.

 

Vamos pues a mirar a la aventura de Jesús desde otros puntos de vista. Y el siguiente, según Mateo, es el de la mansedumbre: “Bienaventurados los mansos porque alcanzarán la tierra prometida”.

 

El mundo de los humanos se ha visto convulsionado siempre por conflictos de convivencia, por razón del poder o del prestigio. La primera experiencia que la historia bíblica de la humanidad nos cuenta después de la creación es la de la rebelión del ser humano contra su creador; y es el principio de una historia sin fin hasta el día de hoy.

 

La mansedumbre es una actitud que capacita al sujeto para tener relaciones de buen entendimiento con sus semejantes, siendo dueño de sus sentimientos de rebelión u hostilidad, que por diversas razones puedan surgir en su corazón.

 

Mirando a nuestra realidad actual, vemos que vivimos en un ambiente social y político donde el descontento, la rivalidad, la competencia y la lucha parecen constituir el medio en el que se desarrolla la vida del ser humano y depender ésta de los medios para poder conseguir sus metas y ambiciones.

 

Tomemos en cuenta que la promesa que se hace a la práctica de esta bienaventuranza es alcanzar el sueño del pueblo elegido: la tierra prometida de Canaán. Por la historia sagrada sabemos que esta promesa, que guió  al pueblo en su travesía por el desierto, supuso muchas luchas contra los pueblos que habitaban esta tierra. Por otra parte, la tierra se repartió entre las once tribus, que, según el plan de Dios, tenían derecho a heredar una parte de ella. La doceava tribu, la de Leví, no necesitaba posesiones ni seguridad materiales porque su seguridad y su porción era el Señor, a cuyo servicio estaba. Y, en cierto modo, esta tribu es la vivencia comunitaria de la mansedumbre, como Cristo es la vivencia personal de la misma, por lo que se atreve a decirnos: “aprendan de mí que soy manso y humilde corazón” (Mt 11, 29).

 

¿Podemos pensar en un mundo en paz y concordia donde nadie pretenda más de lo que sus capacidades le dan la oportunidad de tener y gozar? ¿Podemos pensar en una sociedad donde la regla de oro sea la norma de la vida de relaciones interpersonales: “no quieras para los demás lo que no quieres para ti”? (Mt 7, 12). ¿Podemos pensar en un ambiente de convivencia humana donde sea posible la palabra evangélica de Jesús: “no resistan al mal, si alguien quiere quitarte la túnica dale también el mando, si alguien te golpea la mejilla derecha ponle también la izquierda”? (Mt 5, 39). ¿Podemos aspirar a vivir la fraternidad humana en una ambiente de perdón en lugar de la venganza, de solidaridad en lugar de la rivalidad, de altruismo en lugar del egoísmo, de servicio al otro en lugar de la explotación del débil? ¿Podemos llegar a llamar hermano a quien antes llamábamos lobo, como lo hiciera Francisco de Asís, el hermano universal?

Todo eso será posible cuando la cristiandad en cada cristiano, cuando la humanidad en cada ser humano, haga la opción por esta aventura evangélica de Jesús: la mansedumbre. Todo eso será posible cuando los discípulos y seguidores de Jesús tomemos en serio como compromiso de vida esta aventura de Jesús, porque él nos “ha dado ejemplo para que hagamos lo mismo” (Jn 13, 15). Será posible cuando de verdad creamos en el fruto de su encarnación y en su obra de regeneración de la humanidad, en su reconciliación universal, que nos hace capaces de llamar a Dios “Padre nuestro”, que san Pablo nos la describe en estos términos: “Porque Cristo es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba, y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu” (Ef 2, 14-18).

Y con la aventura de la mansedumbre, por tanto, está la aventura de la paz: “Bienaventurados los pacíficos pues de ellos es el Reino de los cielos”. Bellamente nos  describe san Pablo que la misión de Cristo es “proclamar la Buena Noticia de la paz”; pero esta proclamación no se queda en palabras; su vida es una experiencia de paz con Dios y con los humanos: “los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona”, en palabras de Pablo.

 

Podemos decir que, aunque la historia humana sea una larga sucesión de conflictos armados, dentro del ser humano hay una añoranza por la paz, pues es el hábitat del desarrollo que hace posible que se dé la consecución de sus metas. Sin embargo, a pesar de esos anhelos y los esfuerzos por conseguir la paz en el campo político y social, la paz mundial pende hoy de un hilo relativamente frágil.

 

Jesús nos habla de una paz diferente. Frente al orgullo del imperio romano, que se gloría de haber establecido la paz en sus dominios, Jesús miembro de un país sometido a aquella paz romana, proclama la paz de su Reino diciendo a sus discípulos con ocasión de la última Cena: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo“. (Jn 14, 27). Y cuando resucite saludará a los suyos con la paz.

 

Pero entre los anuncios de paz que Jesús hace a sus discípulos después de la resurrección, uno de ellos viene seguido de una facultad, que les confiere, que es especialmente significativa: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados” (Jn 20, 22-23). Con esto nos da dos claves para hacer posible este ideal y aventura de la paz. La primera es tener en nosotros el Espíritu de Dios, que es Espíritu de paz y comunión, la segunda es tener paz interior en uno mismo, si es necesario a través del perdón, de lo que quizá nos acusa nuestra conciencia o, en otras palabras, la reconciliación con nosotros mismos.

 

En relación al papel del Espíritu en este reto y aventura, Juan Pablo II escribió en una de sus Encíclicas: “Ya que el camino de la paz pasa en definitiva a través del amor y tiende a crear la civilización del amor, la Iglesia fija su mirada en aquél que es el amor del Padre y del Hijo y, a pesar de las crecientes amenazas, no deja de tener confianza, no deja de invocar y de servir a la paz del hombre sobre la tierra. Su confianza se funda en aquél que siendo Espíritu-amor, es también el Espíritu de la paz y no deja de estar presente en nuestro mundo, en el horizonte de las conciencias y de los corazones, para ” llenar la tierra ” de amor y de paz” (Don vivificante, 67).

 

Si el cristiano se ha de aventurar en la causa de la paz, no es porque sea mejor que los demás, no es porque tenga las palabras sabias que pueden dar éxito a su diplomacia; es porque va a compartir lo que lleva en su corazón, la paz del reino de Dios, que Cristo nos da por medio de su Espíritu.

 

Cuando envía a sus discípulos a predicar les dice: “En la casa en que entren, digan primero: “Paz a esta casa.” Y si hubiere allí un hijo de paz, su paz reposará sobre él; si no, se volverá a ustedes” (Lc 10, 5-6). La contraparte de la paz que Jesús y los suyos van a compartir es estar abiertos a la paz. Ciertamente que esto es un gran reto: crear una cultura de la paz, comenzando por hacer creer que la paz es posible, que el anuncio de la paz no es una promesa vana y engañosa; para ello, el discípulo y profeta de la paz ha de ser un testigo de la misma, es decir, portador y mediador de la paz. Por eso, Jesús nos dice que los “pacíficos” o “que trabajan por la paz” son los que emprenden la aventura correcta, los que hacen sensible y presente el Reino: “de ellos es el Reino de los cielos”.

 

Para mí, las bienaventuranzas giran en torno a una de ellas, de manera que sin ésta las demás no tienen sentido, no tienen suelo donde apoyarse. Y es la “pureza de corazón”. Esta actitud espiritual evangélica transforma nuestras actitudes de tal manera que, nos dice Jesús, que podemos “ver a Dios” en todas las circunstancias de la vida, en todas las personas que se cruzan en nuestro camino. La pureza de corazón elimina de nosotros todos los vicios, que nos hacen impuros; la pureza de corazón no es compatible con la soberbia, ni con la avaricia, ni con la lujuria ni con la envidia, tampoco es compatible con la ira, la gula o la pereza. Así lo dice Jesús cuando explica la diferencia entre la verdadera pureza y la pureza legal de la ley mosaica: “Nada hay fuera del hombre, que entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre es lo que le contamina. Porque de dentro, del corazón salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterio, avaricia, envidia, insolencia, insensatez, etc.” (Mc 7, 15-23).

 

La pureza de corazón es apertura a los demás, sencillez, humildad, benevolencia y paciencia, desprendimiento y solidaridad. Es una actitud interior que nos lleva a descubrir las huellas de Dios en todas sus creaturas y a respetarlas como tales, a hacer fraternidad con todas y ser solidarios con cada una en la medida de su necesidad, como lo hacía Francisco de Asís, que alababa a Dios por la hermana agua “muy útil, humilde, preciosa y casta” pero apartaba del camino al gusano que podía ser pisado por los transeúntes; alababa a Dios por el hermano fuego, “que es bello y alegre, robusto y fuerte”, y compraba el corderito llevado al matadero para evitar su muerte.

 

Por ello, Jesús atrae a las multitudes, que ven en él un reflejo irresistible de la bondad divina, de su sabiduría y de su poder. Es el hombre puro, en quien se ve a Dios, como lo proclaman aun los mismos paganos y los demonios, que se  sienten amenazados por su presencia.

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