Sociedad sin Dios, sociedad adversa al hombre

El 18 de enero de 2017 fue un día triste. Nuestra sociedad fue testigo de un hecho que conmociona. Un niño de tan sólo 12 años de edad saca un arma de fuego en el salón de clases, dispara a su maestra y compañeros, posteriormente repite el acto contra sí mismo y posteriormente pierde la vida. El video es filtrado y difundido en redes sociales. Después, circulan imágenes de un grupo con tintes sectarios que promueven este tipo de acciones, que se adjudican el hecho y que lo celebran.

 

Duele, lo que sucedió ayer, duele y mucho. Lo que pasó nos da un termómetro del clima en el que vivimos, es un indicador contundente de la sociedad que estamos construyendo (o que destruimos, quizás…) día a día, de nuestra realidad como comunidad. ¿Qué tuvo qué pasar para que el infante tomara esta decisión? ¿Quién le proveyó del arma? ¿Qué pasaba por la mente de quién filtró el video? ¿Quiénes pueden celebrar o burlarse de lo sucedido?

 

El hecho no es buscar culpables, sino darnos cuenta que nuestra sociedad tristemente se está convirtiendo tierra fértil de este tipo de situaciones que permitimos y que nos afectan todos los días.

 

¿En qué sociedad vivimos para permitir que un gobierno dé agua destilada en las quimioterapias de menores? ¿En qué sociedad vivimos para permitir que tengamos la segunda ciudad del mundo con mayor tráfico de personas? ¿En qué sociedad vivimos para permitir que muchos jóvenes sólo aspiren a ser sicarios por falta de oportunidades?

 

En qué sociedad vivimos que este tipo de acciones nos indignen hoy y las olvidemos mañana. El Papa Francisco le llama a este fenómeno la cultura del descarte, que ha ido conquistando nuestra comunidad y lo peor de todo, estamos dejando que conquiste nuestros corazones.

 

Que nadie pase por una indignación efímera sin antes hacer un examen de conciencia. Porque todos, empezando por el que escribe, hemos disparado a nuestros hermanos con actos egoístas, hemos exhibido a nuestros compañeros con comentarios imprudentes, hemos consentido el dolor del que sufre al pensar sólo en nosotros mismos. Pidamos perdón por ello, levantemos la cara y hagamos el bien que nos toca.

 

Exijamos paz pero construyámosla primero. Creyentes o no, todos estamos llamados a la trascendencia, pero nos hemos aferrado a lo efímero, a lo material, a lo superfluo. Bien lo dijo Ignacio Larrañaga: “Una sociedad sin Dios se acaba convirtiendo en una sociedad contra el hombre”

 

Elevemos nuestras oraciones por el corazón de quiénes alejados de Dios han sido instrumento de estos actos, por las almas que quiénes ya no están con nosotros y por las personas que han sufrido estas pérdidas.

 

 

Juan Antonio López Baljarg

@Juanlbaljarg

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