El Riesgo de la Fe

El Riesgo de la Fe

Por Jesús María Bezunartea, Capuchino

Efectivamente, Nicodemo no quiso arriesgarse. Y todos sabemos que en nuestra historia los grandes personajes que admiramos se han enfrentado a grandes riesgos. Se arriesgó Abraham, se arriesgó Moisés, se arriesgó Jesús de Nazareth, se arriesgó Francisco de Asís así como Francisco Javier, se arriesgó Ghandi y se arriesgó la Madre Teresa de Calcuta, se arriesgó Colón igual que Hernán Cortés, se arriesgó el cura Hidalgo y se arriesgó Cristóbal de las Casas y la lista se haría interminable. Y en el caso que nos va a ocupar en los próximos minutos de lectura vemos cómo se arriesga una mujer samaritana, cuyo nombre no conocemos, pero que es el símbolo de quien se quiere arriesgar en el campo de los valores espirituales o de la fe.

Tan real es el riesgo en la vida que Jesús nos invita a hacerlo con lo que en su primer discurso se llama las bienaventuranzas, que son precisamente ocho bendiciones, como muchos las entienden. No son ocho paradojas misteriosas, sino más bien ocho riesgos u ocho aventuras, pues así comienza la enunciación tradicional de las mismas: bien aventurados…Por supuesto que Jesús es tan consciente de que su programa de vida encierra riesgos y aventuras por el Reino de los cielos, que muchas de sus propuestas comienzan por una invitación o una condición: “si alguno quiere ser mi discípulo…”, “quien no esté dispuesto a renunciar a todo…”, etc.

Los jóvenes y el riesgo

Dicen que los jóvenes de hoy no son muy amantes de riesgos; que han vivido una historia en la que los sistemas socio políticos y económicos los han confrontado con muchas promesas que no se han cumplido y, por otra parte, la técnica los ha familiarizado con lo fácil y lo caduco.

El riesgo de la Samaritana

Pues resulta que un día que Jesús andaba por tierra de samaritanos llegó a beber al pozo de Jacob y se quedó solo un  rato mientras los apóstoles se fueron al pueblo de Sicar a darse un paseo y comprar algo para comer. Mientras esto pasa, una mujer llega al pozo a sacar agua y Jesús, como no tenía con qué sacarla, se atreve a pedirle agua. La mujer, lejos de complacer su necesidad, le reprocha que cómo se atreve a hablarle siendo judío y ella samaritana. Y aquí se entabla el diálogo, que sólo san Juan nos lo cuenta:
Le respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?
¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.
Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.
Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo”

En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?
Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:
Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”
(Juan 4, 1-42).

La mujer se arriesga a entablar conversación con un hombre judío desconocido; también se atreve a pedirle del agua que él le ofrece; se atreve a contarle algo de su vida personal; le comparte algo de su fe y de su esperanza religiosas y, por fin, se arriesga  a ir al pueblo y contar a los demás que se ha encontrado con alguien que parece ser el Mesías. Y esta gente, que en la opinión de los judíos eran cismáticos y herejes, le invitan a Jesús a quedarse con ellos unos días para que les hable y comparta su mensaje, de manera que muchos creyeron en él.

Los sencillos siempre están más abiertos al riesgo

Ni la mujer, con una vida bastante problemática – descontenta de tener que ir a sacar agua, que ha tenido cinco maridos y el que tiene es como un amante, que le promete pero no puede cumplir sus promesas – ni los demás habitantes del pueblo se resisten a creer en la propuesta de Jesús. ¿Por qué? No tienen intereses personales que proteger como Nicodemo, son de la gente sencilla de corazón que esperan que se cumplan las promesas. Son gente que tienen un espacio en su corazón para llenarlo de Dios; no son autosuficientes; saben dejar a Dios ser su Dios, y su esperanza y sencillez de corazón les capacitan para dar el paso de creer en Jesús y beber el agua que él les ofrece, agua que les dará la vida eterna: la vida que te hace sentir pleno, satisfecho, en paz, con capacidad de compartir con los demás lo que has recibido.

 

Piensa, ¿qué riesgos supone para ti poder beber del agua que Jesús te ofrece? Sé valiente, fíate de él, no tengas miedo a perder, pues lo que parezca que lo pierdes él te lo repondrá con creces.

 

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