Sectarismo

Sectarismo católico: un grave riesgo para la Iglesia

Hablar de sectarismo y de “catolicidad” al mismo tiempo es una contradicción en cuanto a términos se refiere, sin embargo, la realidad humana ha logrado que estos términos sean bastante semejantes en la práctica.

La Iglesia Católica pretende ser un “Sacramento de Salvación” para la humanidad. En palabras sencillas, debe ser un “Signo sensible”(esto quiere decir sacramento) del amor de Dios por todos los hombres. La palabra Católico, proviene del Griego “Katá” (Sobre, encima de) y de “olós” (Todo).

De aquí se deriva la consecuencia inmediata de que aquel que se autodenomine católico tenga la primera obligación de saber que su fe no debe excluir a nadie sino, por el contrario, acoger a todos y envolverlos a todos, la principal característica de la fe católica es que conlleva un llamado Universal a encontrarse con el amor de Dios.

Lejos de esta realidad utópica, podemos comprobar que a lo largo de la historia de la Iglesia han surgido grupos y comunidades religiosas que han buscado excluir de la salvación al resto de los seres humanos, imponiendo altos estándares morales (que ni ellos mismos pueden cumplir) a los miembros que forman parte de dichos grupos.

El Sectarismo es contrario al auténtico espíritu católico

La fe en Jesucristo, el hijo de Dios, es muy sencilla: Existe un Dios que te ama y que está dispuesto a hacerlo todo con tal de que tú te salves, este “Todo” contempla incluso sacrificarse a sí mismo con tal de que tengas una “Fuente inagotable de misericordia” a la que te puedes acercar a beber sin importar la gravedad de las faltas que hayas cometido.

Esta es la fe católica auténtica, la de la parábola del Hijo Pródigo que podemos encontrar en el Evangelio de Lucas, capítulo 15 entre los versículos 1 y 32.

El problema es que el “Hermano Mayor” que se encuentra en esta parábola de Jesucristo es un personaje bastante más real de lo que imaginamos.

El Hermano Mayor, el gran sectario

En la Parábola del Hijo Pródigo se narra que un hijo pidió a su padre la herencia que le correspondía para malgastarla con mujeres de “moral distraída” lo mismo que en bebidas y comilonas tremendas.

Después de haberse acabado toda “la lana” se da cuenta de que no le queda otra alternativa que trabajar para seguir viviendo y, después de conseguir un trabajo poco agradable frente al estilo de vida al que estaba acostumbrado, decide volver a la casa del padre.

Sin detenernos de más en el hecho de que su padre (figura literaria de Dios Padre) lo recibe con los brazos abiertos, debemos voltear a ver al hermano mayor que no tolera el buen trato que recibe “El pecador que es su hermano”:

 “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Lc 15, 31

Definitivamente a él no le alegra el regreso de su hermano porque para él LA LEY y su cumplimiento es mucho más importante que SU HERMANO.

Sectas Católicas, encarnación del hermano mayor.

Con sólo leer este pasaje, puede ser que a nuestra mente vengan muchos grupos moralistas católicos donde el gran orgullo de los mismos es el respeto a “La Santa Regla”, al “Carisma del Fundador”, a la “Espiritualidad que hemos recibido”…

Es ésta la gran tentación que todos los católicos podemos enfrentar: el deseo de ser llamados buenos, santos, maestros…

No es un deseo malo en sí mismo, es, de hecho una muestra del gran amor que todos queremos demostrar hacia el buen Dios, sin embargo, el enemigo del espíritu sabe que al pecador se le tienta ofreciéndole el pecado y al santo ofreciéndole santidad.

Por eso, cuando el respeto por la ley, por el carisma, por el apostolado, por la coordinación de los catequistas parroquiales o el orden del grupo de reflexión sobre la Sagrada Escritura es superior al amor al prójimo, tenemos problemas… el grupo puede convertirse rápidamente en una secta que el maligno utilizará para dar mal ejemplo a los que quieren acercarse a la fe y que lastimará a los miembros implicados en ella: Se volverán la encarnación del hermano mayor despreciando al hermano que no cumple las mismas reglas que él.

No se puede ser católico y sectario al mismo tiempo.

En su última entrevista a la revista “La Civiltà Cattolica” (La Civilización Católica) que puedes descargar dando clic aquí, el Papa Francisco nos recuerda a los fieles algunas  premisas fundamentales para que huyamos de la tentación de convertirnos en el “Hermano Mayor” de la parábola

  1. El proselitismo (ganar adeptos para una causa a través de la presión) es una actitud pecaminosa .
  2. La Iglesia no crece por el proselitismo, sino por la atracción que sus miembros crean cfr. Benedicto XVI
  3. Querer sumar más y más prosélitos o conversos a la fe sería como convertir a la Iglesia en una empresa u organización (desinteresada de la vida de las personas que están dentro de ella)…. Es aquí donde el proselitismo y el sectarismo se encuentran.

Cuando la Iglesia se convierte en una empresa u organización que contabiliza a sus prosélitos, pierde inmediatamente su carácter “Católico” o Universal para pasar a ser una “secta humana”, indiferente ante el sufrimiento de sus empleados/miembros/prosélitos y enfocada en conseguir un falso objetivo de evangelización que en realidad es solamente crecimiento numérico sin sentido.

Este sectarismo es un gran mal que se debe evitar a toda costa

No considerar estos pensamientos provoca que nos volvamos moralistas evangelizadores que, lejos de alegrarse por el bien que implica vivir “en la casa del padre” o en la gracia de Dios empecemos  a convertirnos en jueces del mundo, a dictaminar en todo momento lo que es bueno y lo que es malo y, tarde o temprano, a despreciar sistemáticamente a aquellos que no vivan como nosotros lo hacemos…

 

Evitemos el sectarismo y el proselitismo y mostremos a los que nos rodean, crean o no, el rostro del Dios de la Misericordia que Jesús nos vino a enseñar, viviendo con alegría cada día que se nos ha regalado en la vocación y estado de vida a los que Dios nos haya llamado.

 

 

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