Espiritualidad católica para gente real

Muchos católicos se preguntan desde niños (y se siguen preguntando de adultos) cuál es la mejor manera de vivir su religión, o cuál es la espiritualidad que deben seguir para ser “buenos católicos”, para tener una “fe real” en la vida real.

Estamos ya en el año 2016 y la Iglesia ha pasado por muchas etapas en su historia, ha enfrentado herejías graves que hacían que los cristianos sintieran que era casi imposible salvarse, como el jansenismo,  lo mismo que herejías como el pelagianismo que hacían creer a los cristianos que seguir una serie de normas morales y de esfuerzos personales los llevarían al beneplácito divino.

Nada más alejado del auténtico espíritu católico y de la vida real del Siglo XXI.

La santidad es obra de Dios

La santidad es un atributo que sólo se puede atribuir a Dios.  Ciertamente tenemos en la Iglesia católica muchas personas “canonizadas” a las que llamamos “Santos”. Para ser muy puristas en el lenguaje, debemos recordar, como decimos en el himno del “Gloria” en la misa dominical, que “Sólo tú (Dios) eres Santo”. y los santos de la Iglesia son seres humanos que han fallecido en el pasado pero que la Iglesia reconoce por su gran virtud y unión a Dios dotándolos del título “santo” como señal de su virtud heroica vivida por la fe en la tierra, por haber vivido en plenitud la vida real.

Malamente hay personas que se expresan de gente viva afirmando: “fulano respira santidad, sutano es muy santo” para expresar su aprecio ante actitudes de amabilidad, pasibilidad o gran templanza en dichas personas. La realidad es muy diferente:. El catecismo de la Iglesia Católica, nos recuerda que sólo Dios es Santo y sólo después de la muerte y de un largo proceso de investigación, discernimiento y oración se puede afirmar que alguien es santo, los hombres todos, laicos, jerarcas y religiosos, somos pecadores que peregrinamos hacia el Padre en una lucha constante por aprender a amar mejor. Esa es la vida real.

No son las reglas las que llevan a la santidad

Haciendo énfasis en esto, debemos recordar lo que nos proponía el Doctor Angélico Tomás de Aquino: “Lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”

De esta manera debemos recordar que aunque existe un llamado UNIVERSAL a la santidad, la santidad se desarrollará en la vida de cada persona de acuerdo a su humanidad, pues lo que se recibe es la VIDA DIVINA y el recipiente es su PERSONALIDAD.

Coaccionar a un bautizado a seguir una serie de normas, interpretaciones personales del Evangelio (aún respaldadas en las reflexiones de los santos de siglos pasados) es forzar la santidad en el alma de la persona lo cual es ya en sí mismo contrario a la libertad que Jesucristo adquirió para todos los hijos de Dios, por un parte, y por otra parte, un acto de presunción en aquel que se autodenomina “Director Espiritual” ya que el único que puede DIRIGIR nuestras almas, es el Espíritu Santo que nos conoce mejor que nadie y nos recuerda lo que el Hijo ha dicho, porque lo ha recibido del padre (Jn 14,26)

Dios tiene sus caminos y sus tiempos para cada persona y respeta la libertad de la misma en todo momento. Conocer la intimidad del alma de una persona, como lo hace el sacerdote en la confesión, obliga al visitante a quitarse las sandalias porque está pisando tierra santa Ex 3,5 y ni laicos ni sacerdotes tenemos derecho a usar el conocimiento del alma de una persona para dirigirla so pretexto de una búsqueda de mal entendida santidad.

La santidad de los dones del Espíritu Santo.

Para no alargar demasiado esta reflexión, debemos recordar también que si sólo Dios es Santo, y nosotros somos los recipientes, debemos pedir a Dios que sea él quien nos llene de su santidad, esto es en muy resumidas cuentas, pedirle constantemente que nos llene de los Dones del Espíritu Santo:

Sabiduría

Entendimiento

Consejo

Ciencia

Fortaleza

Piedad

Temor de Dios

En la vivencia práctica de estos siete dones, el bautizado del siglo XXI encuentra un camino infalible de unión a Dios, ayudado por la gracia sobre abundante de Jesucristo. Esto es lo que recibimos, pero ¿y el recipiente?

El recipiente humano, es decir, nosotros mismos es semejante a una casa en la que habitamos y vamos descubriendo poco a poco. Ya decía San Juan Pablo II en diversas homilías: Todo camino en la fe requiere primero un profundo autoconocimiento, un discernimiento de los dones, un camino en la libertad.

Preparemos pues el recipiente con las virtudes que los griegos llamaban “Cardinales”:

Fortaleza

Templanza

Prudencia

Justicia

Nunca dejemos de realizarnos la pregunta: ¿Para qué he sido creado? y dejemos que Dios escriba derecho con los a veces renglones torcidos de nuestra libertad y humanidad caída. La vida sacramental como la recomienda la Iglesia: Misa Dominical, confesión anual y comunión semanal son los medios más eficaces para encontrar, a lo largo del tiempo, el plan que Dios tiene para nosotros.

Fe real

Para resumir todos los conocimientos, escritos teológicos, tratados y libros de teología aséctica y mística, debemos partir de una gran realidad:

Creer es saber que Dios me creó a mí porque ME AMA, y me ha redimido por la misma razón. Pensar que estoy en deuda con él por ello sería como pensar en un padre que cría a su hijo esperando que el hijo lo mantenga en cuanto empiece a trabajar. Cualquier espiritualidad cristiana centrada en “satisfacer por las culpas” o alcanzar la santidad por medio de reglas es una espiritualidad ya impregnada de pelagianismo y jansenismo con el riesgo de hacernos perder la confianza en Dios. Esa no es la vida cristiana real.

No

Dios no quiere que nos sintamos en deuda con él. Su vida de gracia, es gratis, pues ha sido pagada ya por su hijo. Lejos de la realidad, entonces, las espiritualidades del escrúpulo, la mortificación y los rezos obligatorios. Dejemos eso para los cristianos de la Edad Media y, haciendo caso a las palabras del Papa Francisco, enfoquémonos en “Armar lío” en un mundo tan lastimado por el egoísmo pragmático de descartar a los seres humanos.

“Más agrada a Dios un acto bueno hecho en libertad, que miles de actos buenos realizados con espíritu de esclavo”

Viviendo con amor nuestras obligaciones de laicos, solteros, casados, religiosos o sacerdotes es como encontramos el camino seguro al Padre que es amor.

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